Esa quizá ha sido
una de las películas más baratas a ser producida ya que la acción ocurre casi
todo el tiempo en un único escenario. Sin embargo, cada ínfimo espacio del
pequeño salón es aprovechado de una manera que recuerda el teatro. El tamaño
del sitio, así como el ventilador roto, corrobora con la sensación de tensión
de los personajes, y el público acaba por sentirse tan claustrofóbico como
probablemente se sentían los jurados.
En verdad, existen
dos versiones de esa película, con pocas, aunque importantes, alteraciones. En
ambas, un joven latino es acusado de matar su propio padre y cabe a los doce
jurados definir cual es la sentencia. En un primer instante, eses hombres
parecen formar un jurado bastante heterogéneo. Cada un tiene
un empleo diferente, diversas edades y nadie se veste la misma manera que el
otro. A pesar de eso, a los pocos podemos notar que todos poseen algo en común
que influya directamente en su decisión final… todos ellos son hombres y nadie
es de la misma etnia que el acusado.
En la versión de
los años 50, la acción se pasaba en una época en que el racismo era más do que
reinante, era legalizado. En aquel período, había en los colegios la separación
entre blancos y negros, y basta que nos recuérdennos el caso de Rose Parks (que
había sido detenida por no ceder su sitio en el autobús a un hombre blanco)
para entendiéremos como la color de piel
influenciaba la manera como eran vistas las personas.
En esa primera
película, todos los jurados son blancos e en los momentos finales, el racismo
muestra su cara demostrando que aquellos jurados dejaban que sus valores influenciaran en su decisión de acusar o declarar
inocente un joven.
Ya en los años
90, en una época que quizá pueda ser caracterizada por la “ola” del
políticamente correcto, tres de los jurados eran negros, pero, ninguno era
latino como el acusado. Otro tópico era entonces abordado, la cuestión de la
xenofobia. Algunos de los jurados más conservadores (quizá más reaccionarios)
llegan a tornar claro que el joven era violento justamente por ser latino. La
escena más espantosa es cuando un personaje negro reclama que sus “hermanos”
sufrieron luchando por derechos que un ‘inmigrante’ tendría de gracia.
En el principio
de las dos versiones, casi todos votan
automáticamente ‘culpado’ sin al menos avaliar propiamente las pruebas. Su
rápida sentencia no se basa apenas en el preconcepto, pero también en diversos
factores. Nadie parecía tener participado de un jurado e todos poseían alguna
ocupación que los aguardaba en el lado de fuera.
Demostraban poca
preocupación con el facto de la vida de un joven estar en sus manos. Sin
embargo, un hombre (Henry Fonda en la primera versión e Jack Lemmon en la
segunda) decide los desafiar al votar inocente, afirmando que era necesario
avaliar más detalladamente las evidencias que no tenían se quedado claras para
él.
A pesar de esa
película poseer pocos elementos en común con lo típico melodrama, ella se encaja
perfectamente en ese género porque nos causa compasión y temor, sus dos
propiedades esenciales (ALTMAN, Rick – “Los Gêneros Cinematográficos” - página
28). Los actores de esa película poseen la habilidad de conmover sin que sea
necesario la utilización del exagero.
Si leváramos en
consideración solamente producciones más representativas de esa clasificación,
percibiríamos diferencias visibles. Por ejemplo, no hay ninguna mujer en escena
ni cualquier mención a un romance. Tampoco hay interpretaciones demasiado
teatrales como a que se tornó regla entre las grandes divas de los años 30 y
40. Aunque el melodrama sea asociado a las producciones volteadas al público
femenino, el crítico Ben Singer (“Female Power in the Serial-Queen Melodrama:
The Etiology o fan Anomaly”) apunta que en verdad ese género estaba más
relacionado a acción, aventuras y hombres de clase trabajadora en los primeros
años del cine. Es decir que esa película representa perfectamente el melodrama.
La conducta
moralista también está presente y se torna evidente cuando el personaje de
Fonda declara, en un tono de sermón, que algunos de los jurados poseían todavía
la misma visión tacaña de sus antepasados.
A pesar de que
tenga dos personajes centrales que se tornan polos opuestos caracterizando muy
bien el bueno y el malo, los otros no son presentados de manera maniqueísta
(como es de costumbre en ese género), pero como seres complejos cuyas opiniones
y actitudes pueden variar de acuerdo con lo que consideran como correcto
llegando, al final, a la misma conclusión: de que el joven acusado es en verdad
inocente.

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